Minimalismo

Bien entendido, es una gran virtud.

Creo que el minimalismo, bien entendido, es una gran virtud.

No como estética vacía, ni como una especie de renuncia artificial a todo. Sino como una forma de quedarse con aquello que realmente aporta, y eliminar lo que solo ocupa espacio. Espacio físico, pero también espacio mental.

Porque las cosas que no usamos también nos consumen. Los objetos acumulados, las decisiones pendientes, los papeles sin ordenar, los compromisos innecesarios. Todo eso ocupa lugar. Todo eso pide atención. Todo eso nos quita foco y energía.

Un ambiente limpio y ordenado suele ayudar a tener una mente más limpia y ordenada.

Y con los portafolios de inversión pasa algo muy parecido.

Con frecuencia nos sentamos con personas que vienen de otra firma, o que durante años fueron armando su cartera por cuenta propia, y muchas veces lo que encontramos es exactamente lo contrario al minimalismo.

Muchas posiciones. Exposiciones duplicadas. Fondos que se inclinan hacia un lado del mercado, junto con otros fondos que se inclinan hacia el lado opuesto, cancelándose entre sí y generando mayores costos. Acciones individuales compradas en algún momento por una buena historia. Bonos incorporados por una tasa atractiva. Productos heredados de distintos bancos, asesores o etapas de la vida.

El resultado termina siendo una especie de placar financiero desordenado. Una colección de objetos que se fueron acumulando con los años, pero sin una visión integradora.

Y ese desorden no es solamente operativo. También es mental.

Un portafolio no debería ser una colección de inversiones aisladas. No debería ser un inventario de ideas sueltas, productos acumulados o decisiones tomadas en distintos momentos sin un hilo conductor.

Un portafolio es un medio para alcanzar objetivos financieros. Y esos objetivos deberían surgir de un plan.

El orden debería ser siempre: plan, metas, portafolio.

Primero entender qué se quiere lograr. Después definir qué recursos se necesitan, en qué plazos, con qué nivel de incertidumbre tolerable. Y recién después construir la cartera adecuada para servir a ese propósito.

Ese orden da claridad. Permite simplificar. Permite distinguir entre lo que suma y lo que solo hace ruido.

Para metas de largo plazo, como la tranquilidad financiera, la independencia o la preservación del patrimonio familiar, muchas veces se puede construir un portafolio hermoso en su simplicidad y muy potente en su funcionamiento.

Más posiciones no significan necesariamente un mejor portafolio. En general, significan un portafolio que todavía no fue optimizado.

Una imagen que me viene a la mente, ahora que se habla de una posible salida a bolsa de SpaceX, es la evolución de su motor Raptor.

La primera versión era más compleja, más cargada, más desordenada visualmente. La tercera parece casi demasiado simple. Pero no es más simple porque haga menos. Es más simple porque está mejor diseñada. Tiene más potencia, más elegancia y menos piezas innecesarias.

Un buen portafolio, cuando mejora, también debería verse así.

No más complicado. Más claro.

No más lleno. Más intencional.

No más productos. Mejores decisiones.

En Nantas, cuantas menos posiciones necesitamos para alcanzar los objetivos de vida de un cliente, mejor. En algunos casos hemos utilizado una sola posición para resolver muy bien una necesidad concreta.

Pero llegar a esa simplicidad requiere algo difícil: claridad.

Porque simplificar no es hacer menos por falta de análisis. Es hacer menos después de haber pensado mucho.

Es entender qué función cumple cada parte de la cartera. Es eliminar duplicaciones. Es reducir costos innecesarios. Es evitar productos que existen más para vender una historia que para mejorar un resultado. Es construir algo que el cliente pueda entender, sostener y usar como herramienta para vivir mejor.

En definitiva, el minimalismo financiero no se trata de tener poco.

Se trata de que cada cosa tenga una razón para estar ahí.

Pregunta frecuente

¿Una cartera con pocas posiciones no queda demasiado simple o poco sofisticada?

No necesariamente. Una cartera simple puede ser mucho más sofisticada que una cartera llena de productos.

La sofisticación no está en la cantidad de posiciones, sino en la calidad del diseño. Si una cartera está bien diversificada, tiene bajos costos, está alineada al horizonte del cliente y responde a un plan financiero claro, agregar más productos no necesariamente mejora nada.

De hecho, muchas veces empeora el resultado: aumenta los costos, duplica exposiciones, dificulta el seguimiento y hace más difícil sostener el plan.

Una buena pregunta antes de agregar cualquier inversión es: “¿Qué problema concreto resuelve esto dentro del plan?”

Si no hay una respuesta clara, probablemente no pertenece al portafolio.

PD: evolución del motor Raptor de SpaceX. Más simple, pero no menos potente.