Aprendiendo a amar la volatilidad

Convivir con el movimiento.

La mayoría de los inversores le teme a la volatilidad. Piensan que es sinónimo de riesgo, que una inversión más volátil es automáticamente más peligrosa. La industria financiera ha explotado este miedo durante décadas, creando fortunas al vender “soluciones” para reducir la volatilidad: notas estructuradas, productos garantizados, asignaciones excesivas a renta fija, fondos con asignación dinámica. El costo de esas promesas es siempre el mismo: rendimientos mucho más bajos.

Porque hay una regla inquebrantable en finanzas: Para obtener buenos retornos, hay que tolerar volatilidad.

Esto no significa que perderás tu capital, sino que los retornos año a año serán impredecibles. La volatilidad es el precio que pagamos por participar de los mayores rendimientos que existen.

El primer paso de madurez es dejar de verla como un enemigo. El siguiente —el “nirvana financiero”— es aprender a amarla.

¿Por qué? Porque para quien construye capital mes a mes, la volatilidad es un aliado: te permite comprar más participaciones cuando las empresas están más baratas.

Ejemplo: entre 2000 y 2009, el S&P 500 tuvo un rendimiento total de –1,03% anual, la famosa “década perdida”. Pero si invertías USD 1.000 todos los meses, terminabas con USD 128.856, equivalente a un +1,25% anual.

En el peor período de 10 años de la historia moderna, la volatilidad transformó un resultado negativo en positivo. ¿No parece ilógico seguir viéndola como algo a temer?

 Pregunta frecuente:
¿Y si la volatilidad aumenta justo cuando me acerco a mi jubilación?

Respuesta breve:

Por eso construimos un plan: a medida que se acerca tu retiro, reducimos la exposición a acciones en la parte de tu portafolio que necesitarás en el corto plazo. La volatilidad solo es peligrosa si invertís sin estrategia.